Ideas principales
Actualmente, podemos conocer en segundos datos sobre el cambio climático, las guerras o la inteligencia artificial. Sin embargo, disponer de información no responde automáticamente a preguntas como qué debemos hacer, qué riesgos debemos aceptar o qué consideramos justo. Los grandes problemas contemporáneos son también problemas acerca de nuestros fines y valores.
Desde esta perspectiva, defendemos que la filosofía sigue siendo necesaria porque nos permite analizar críticamente nuestras creencias, cuestionar nuestros valores y orientar racionalmente las decisiones que afectan al futuro colectivo.
De entrada, la filosofía nos enseña a desconfiar de respuestas precipitadas. Descartes propone en el Discurso del método examinar cuidadosamente aquello que aceptamos como verdadero. Frente a una avalancha de información sobre una crisis sanitaria o ambiental, esta actitud nos exige distinguir pruebas, opiniones e intereses antes de adoptar una posición. Pensar filosóficamente supone no conformarnos con el primer mensaje convincente.
Por otra parte, muchos desafíos no admiten una solución exclusivamente técnica. Platón sostiene en la República que el conocimiento político debe estar orientado hacia el bien y la justicia. Podemos crear sistemas tecnológicos cada vez más potentes, pero todavía debemos preguntarnos para qué utilizarlos, quién se beneficia de ellos y qué límites deberían respetar. Estas son cuestiones filosóficas antes que puramente técnicas.
Con todo, alguien podría responder que frente a una pandemia necesitamos médicos y frente al calentamiento global, científicos, no filósofos. Nietzsche, en El crepúsculo de los ídolos, practica una crítica radical de valores y certezas heredadas. Su actitud muestra que incluso el conocimiento científico necesita una reflexión sobre los fines humanos a los que sirve. La filosofía no sustituye a las ciencias; examina críticamente las decisiones que tomamos a partir de ellas.
Por consiguiente, poseer herramientas más poderosas no garantiza utilizarlas correctamente. Igual que un teléfono puede servir para aprender o para difundir odio, el progreso depende también de los fines que elijamos. La filosofía no resolverá por sí sola los desafíos contemporáneos, pero nos ayuda a comprender qué está en juego y a decidir racionalmente qué humanidad queremos construir.