52 · Conocimiento y verdad
La respuesta del relativismo no es menos taxativa. El conocimiento es imposible; no hay una realidad trascendente, porque todo sujeto real es un recinto peculiarmente modelado. Al entrar en él la realidad se deformaría, y esta deformación individual sería lo que cada ser tomase por la pretendida realidad.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula, frente a esa tensión, su propia filosofía del punto de vista.
La idea principal del texto es que, ante el problema del conocimiento, las dos respuestas tradicionales resultan ser igual de tajantes. Para el racionalismo solo hay verdadero conocimiento «si la realidad puede penetrar en él sin la menor deformación». Para el relativismo, en cambio, «El conocimiento es imposible», sin más, porque todo sujeto real acaba deformando inevitablemente aquello que recibe.
El problema de fondo es qué papel juega exactamente el sujeto al conocer. ¿Qué es lo que le hace a la realidad cuando la conoce? La disyuntiva que hemos heredado —o el sujeto es transparente o la deforma— está decidiendo ya de antemano si el conocimiento resulta posible. El problema es epistemológico con claras repercusiones ontológicas: se pregunta qué hace exactamente el sujeto con la realidad al conocerla, y eso obliga a decidir después qué clase de ser es él mismo.
El texto empieza definiendo con cuidado los términos. «El conocimiento es la adquisición de verdades», y en esas verdades se nos manifiesta «el universo trascendente (transubjetivo) de la realidad», es decir, lo que está más allá de cada sujeto; y además, añade, «las verdades son eternas, únicas e invariables». Ortega acepta de entrada la definición clásica, y así puede plantear la dificultad en toda su fuerza: «¿Cómo es posible su insaculación dentro del sujeto?», se pregunta él mismo. Insacular significa meter algo en un saco: la pregunta es, pues, cómo cabe lo eterno dentro de lo que cambia.
La respuesta racionalista exige por fuerza un sujeto transparente, porque la realidad tiene que entrar en él «sin la menor deformación». De ahí que ese sujeto deba ser necesariamente «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana —por tanto, ultravital y extrahistórico», nada menos, o sea, situado por encima de la vida y fuera de la historia. Y aquí Ortega desliza de paso su propia definición de la vida: «Vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia», escribe. La conclusión se impone entonces sola: el sujeto transparente no puede vivir, y el que sí vive no puede ser nunca transparente.
La respuesta relativista resulta ser «no menos taxativa». Todo sujeto real es en cambio «un recinto peculiarmente modelado», o sea, tiene una forma propia, como un molde. Al entrar dentro de él «la realidad se deformaría», y cada uno tomaría después esa deformación suya «por la pretendida realidad». Y de ahí la conclusión: «El conocimiento es imposible».
El fragmento deja así el dilema perfectamente planteado y, sobre todo, deja a la vista el supuesto común que las dos doctrinas comparten sin decirlo: que la peculiaridad del sujeto solo puede ser o transparencia o deformación, sin ninguna tercera posibilidad. Y ahí está justamente la genialidad de Ortega, que en el texto siguiente acabará encontrando esa tercera vía: la selección. El sujeto ni deja pasar la realidad del todo intacta ni tampoco la falsifica: la criba. Con eso el dilema entero se disuelve por sí solo.
Cuando Ortega plantea el dilema del sujeto transparente o deformador, está despejando el camino hacia su propia filosofía madura. El texto muestra el dilema con toda crudeza: la verdad exige ser una e invariable, pero la vida humana es cambio e historia. El relativismo sacrifica la verdad y acaba destruyéndose como teoría. El racionalismo sacrifica la vida e inventa un sujeto abstracto que conoce pero no vive.
Los dos fracasan exactamente por lo mismo: creen que no hay más remedio que elegir entre la verdad y la vida. Ortega niega esa disyuntiva, y su solución tiene dos piezas: el perspectivismo, según el cual toda verdad se conquista siempre desde un punto de vista determinado, y la razón vital, que piensa dentro de la historia y no fuera de ella. Conviene exponer ahora su filosofía completa.
La filosofía de Ortega es lo que él llama raciovitalismo, es decir, el intento de unir de nuevo la razón y la vida, y se resume entera en su fórmula más conocida y repetida: «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad, pero renunciando a la vida, porque inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas y en todos los lugares, que conoce pero no vive; por eso resulta antihistórico. El relativismo hace justamente lo contrario, salva la vida negando la verdad, y con ello se contradice a sí mismo, ya que negar la verdad es afirmar al menos una. Los dos fracasan, y lo hacen por cegueras que se complementan.
La primera pieza de su solución es, como se ha visto, el perspectivismo. El sujeto no es ni transparente ni deformador, sino más bien selectivo, como un cedazo que deja pasar unas cosas y retiene forzosamente otras. Cada vida es un punto de vista único sobre el universo, y cada individuo, cada pueblo y cada época captan una porción real de la verdad que ningún otro puede captar. La perspectiva, por tanto, forma parte de la realidad misma y no la deforma en absoluto. La única perspectiva falsa es aquella que pretende ser la única posible, y la verdad completa no sería otra cosa que la suma articulada de todas las miradas.
La segunda pieza de la solución es la razón vital. No hay por qué elegir entre razón y vida, porque la razón no es sino un instrumento que la vida se da a sí misma para poder orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones vacías, la razón vital piensa desde la vida concreta y desde su propia historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical, es decir, aquella en la que aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia que no hemos elegido y tener que hacer algo con ella, de modo que la vida es siempre quehacer y proyecto. El ser humano no tiene naturaleza, lo que tiene es historia. Por eso la razón vital acaba siendo también razón histórica, y cada generación tiene su propia tarea: la nuestra es reconciliar de una vez la razón con la vida.
El problema del texto gira en torno a una determinada idea de la razón: ¿es una facultad pura, ajena por completo a la vida y a la historia, o es más bien una función de la vida misma? La primera respuesta define una corriente muy concreta, el racionalismo moderno.
Corriente dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una sola e idéntica en todos los hombres y en todas las épocas, que su modelo indiscutible es la matemática y que, con el método adecuado, llega a alcanzar verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para conseguirlo tiene que apartar del sujeto que conoce todo lo individual, lo corporal y lo histórico, que es exactamente la posición que el texto viene a combatir. Su fundador y máximo representante es, sin discusión, Descartes, a quien el propio Ortega llama, con toda razón, «padre del moderno racionalismo».
Descartes encarna precisamente esa razón pura que Ortega somete a discusión. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquiera que razone bien y con orden; y para fundarlas somete absolutamente todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta dar por fin con la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido entonces como pura «cosa que piensa», sin cuerpo ninguno y sin mundo alguno, y desde ahí, con la garantía de que Dios no puede engañar, se reconstruye después el saber entero. La razón, bien conducida, no puede equivocarse nunca, porque el error es siempre culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»: de modo que equivocarse y pecar acaban yendo juntos.
Ortega responde a todo esto señalando el alto precio que hay que pagar por esa razón. El sujeto que ese método necesita tiene que ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico», o sea, un «espectro irreal» que conoce pero que no vive. Y su verdad tendría que verse desde «lugar ninguno», que es justamente la utopía racionalista y, según él, «la sola perspectiva falsa». Así, la vida concreta —el cuerpo, la época, la circunstancia— queda expulsada por completo del conocimiento, y la historia se queda sin ningún sentido, reducida a un montón de «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito cartesiano, Ortega opone su propia fórmula, «yo soy yo y mi circunstancia»: lo primero de todo no es una conciencia sin mundo, sino una vida enredada con las cosas, porque «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura propone en su lugar la razón vital, que no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento de la vida, siempre situado e histórico. Donde Descartes parte al ser humano por la mitad en dos sustancias separadas, pensamiento y extensión, Ortega responde sin rodeos que materia y espíritu «son dos mitos», y que lo único radical es la vida misma.