Departamento deFilosofía
Descartes · El discurso del método

15 · Las cuatro reglas del método

Y como la multiplicidad de leyes frecuentemente sirve para los vicios de tal forma que un Estado está mejor regido cuando no existen más que unas pocas leyes que son minuciosamente observadas, de la misma forma, en lugar del gran número de preceptos del cual está compuesta la lógica, estimé que tendría suficiente con los cuatro siguientes con tal de que tomase la firme y constante resolución de no incumplir ni una sola vez su observancia.
El primero consistía en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal. Es decir, con todo cuidado debía evitar la precipitación y la prevención, admitiendo exclusivamente en mis juicios aquello que se presentara tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.
El segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente.
El tercero requería conducir por orden mis reflexiones comenzando por los objetos más simples y más fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo inclusive un orden entre aquellos que no se preceden naturalmente los unos a los otros.
Según el último de estos preceptos debería realizar recuentos tan completos y revisiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir nada.

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Este texto pertenece al Discurso del método, obra en la que Descartes reflexiona sobre la necesidad de un método seguro para llegar a la verdad y evitar el error.

Idea principal 1.1

La idea principal es que bastan cuatro reglas sencillas para dirigir bien la razón: la evidencia, el análisis, la síntesis y la enumeración. No hacen falta, por tanto, los muchos preceptos de la lógica tradicional. Y lo decisivo no es conocerlas, sino cumplirlas siempre: hace falta «la firme y constante resolución» de no saltárselas ni una sola vez.

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema de fondo es el problema del método. ¿Cómo debe proceder la razón para alcanzar la verdad y evitar así el error? Ante el desacuerdo permanente y crónico que reina entre los sabios de todas las épocas, cabe preguntarse si existe algún procedimiento universal capaz de unificar de una vez el conocimiento. El problema es estrictamente epistemológico: no se pregunta aquí qué hay, sino por qué camino debe ir la razón para no equivocarse por el camino.

Comentario del texto 1.2

El texto se abre con una comparación política muy expresiva. Un Estado funciona mucho mejor cuando tiene pocas leyes y estas se cumplen con cuidado, y con la lógica ocurre exactamente lo mismo: valen más unas pocas reglas bien observadas que muchos preceptos mal seguidos. La clave de todo, por tanto, no está en el número, sino en la voluntad, en «la firme y constante resolución» de no saltarse nunca ninguna.

Vienen después las cuatro reglas propiamente dichas. La primera de ellas es la evidencia, que consiste en «no admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal». Hay que evitar en ella la precipitación, que consiste en juzgar antes de tiempo, y también la prevención, que son los prejuicios heredados sin examen. Solo se acepta aquello que se presente «tan clara y distintamente» al espíritu que no quepa dudarlo en absoluto. Aparecen así, de golpe, los dos criterios cartesianos de verdad, la claridad y la distinción, y aquí está ya también la semilla de la futura duda metódica.

La segunda regla es la del análisis: dividir cada dificultad en tantas partes pequeñas como haga falta para resolverla. La tercera es la de la síntesis: avanzar por orden, empezando siempre por los objetos más simples para subir poco a poco hasta los más complejos, e incluso suponer un orden allí donde no lo hay. Es el modo de proceder propio del matemático, extendido ahora a todo el saber. Y la cuarta y última es la de la enumeración: hacer recuentos tan completos que se pueda estar seguro de no omitir nada, es decir, repasar al final toda la cadena entera de razonamientos.

El fragmento resume así muy bien el ideal racionalista entero: la razón, partiendo de evidencias y deduciendo siempre con orden, puede alcanzar la certeza en cualquier campo del saber. Y cuando ese mismo método se aplique a los fundamentos mismos del conocimiento, llevará a Descartes, en las Meditaciones, hasta la duda radical y el cogito.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

Cuando Descartes reduce toda la lógica a cuatro reglas, está poniendo la primera piedra de su filosofía. El texto muestra bien su ideal: un método simple y riguroso, tomado de las matemáticas, que son el único saber que avanza sin disputas ni marcha atrás, y con el que quiere dar a todo el conocimiento humano esa misma seguridad.

Ahora bien, la primera regla de todas —no aceptar nada que no sea evidente— obliga a ponerlo absolutamente todo a prueba. Aplicada en serio, se convierte en duda metódica: habrá que dudar de los sentidos, del mundo entero y hasta de las matemáticas para ver qué es lo que resiste. Lo que resista será el cimiento firme sobre el que se levante el sistema entero, que conviene exponer ahora en su conjunto.

Síntesis de la filosofía de Descartes 2.2

La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. En un momento en que la vieja filosofía escolástica había perdido todo su prestigio y la nueva ciencia triunfaba en toda Europa, busca en la razón un saber tan firme y tan seguro como el de las matemáticas puras.

De ellas toma precisamente su método, que consta de cuatro reglas: la evidencia, o aceptar solo lo que se ve claro y distinto; el análisis; la síntesis; y la enumeración. Aplicado a fondo, ese método se convierte en duda metódica, es decir, en dudar de todo aquello que admita el menor motivo de duda. Y motivos hay de sobra: los sentidos engañan a veces, el sueño llega a confundirse con la vigilia, y un genio maligno todopoderoso podría estar engañándonos incluso en las matemáticas más simples.

De esa duda universal se salva una sola certeza, una sola: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas las demás, porque se capta con absoluta claridad y distinción. El yo queda definido entonces como sustancia pensante, en latín res cogitans: lo que lo hace ser lo que es no es en absoluto el cuerpo, sino la conciencia.

Desde ese yo se reconstruye después todo lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado yo, la de un ser infinito y perfecto; y como yo soy un ser finito, su causa solo puede ser Dios mismo. Dios, por ser perfecto, no puede engañar, de modo que su veracidad garantiza que existe el mundo exterior y que la razón funciona bien. El error no viene entonces del entendimiento, sino de la voluntad, que se precipita y juzga más allá de lo que aquel ve claro.

El sistema queda así organizado en tres sustancias: Dios, que es infinita; el alma, que es pensante; y los cuerpos, que son extensos y están regidos por leyes mecánicas. En el ser humano se unen las dos sustancias finitas, y eso es el dualismo cartesiano, que arrastra un problema enorme: cómo se comunican el alma y el cuerpo. Descartes lo intentó resolver recurriendo a la glándula pineal, aunque sin ningún éxito.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: las filosofías de la vida del siglo XX 3.1

El problema del texto se apoya entero en una determinada idea de la razón. Para Descartes la razón es una facultad única y siempre idéntica, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, situada fuera del tiempo, que con el método adecuado llega a alcanzar verdades absolutas. Esa es, en el fondo, la fe del racionalismo moderno.

Frente a ella, ya en el siglo XX, se desarrollan las filosofías de la vida, que sostienen que esa razón pura sencillamente no existe: la razón nace siempre de la vida, funciona dentro de una vida concreta y sirve a esa vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía concretas, de modo que no hay conocimiento sin punto de vista, y pretender un saber válido para todos los tiempos y lugares resulta una ficción. En España esta corriente culmina, ya en el siglo XX, en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.

El autor: Ortega y Gasset 3.2

Ortega se enfrenta directamente y sin rodeos a la razón cartesiana. Descartes necesita un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana», porque solo así la evidencia puede valer siempre, en cualquier época y para todos por igual. Ortega responde que semejante sujeto es sencillamente imposible, ya que «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, para salvar la verdad, acaba renunciando a la vida, y su sujeto puro no es más que un «espectro irreal» que conoce pero no vive.

Esa incapacidad se comprueba enseguida en la historia. Si la razón es una y siempre la misma, cabe preguntarse entonces por qué la humanidad entera ha vivido milenios en el error y en el desacuerdo. Descartes solo puede responder moralizando: si erramos es porque la voluntad desborda continuamente al entendimiento. La historia queda reducida entonces a un simple lugar de castigo, y por eso puede decirse que el racionalismo es antihistórico.

Frente a la razón pura, Ortega propone en cambio la razón vital. La razón no es un tribunal situado fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da a sí misma para orientarse. El sujeto no es ni transparente ni deformador, sino más bien un cedazo que selecciona, de manera que cada vida, cada pueblo y cada época captan una porción real y propia de la verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única», que es justamente la que el método cartesiano viene a exigir. Donde Descartes buscaba la certeza absoluta desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista: la razón pura debe ser sustituida por una razón vital, es decir, situada, histórica y móvil.