Departamento deFilosofía
Descartes · Meditaciones metafísicas I

18 · El argumento del sueño

Con todo, debo considerar aquí que soy hombre y, por consiguiente, que tengo costumbre de dormir y de representarme en sueños las mismas cosas, y a veces cosas menos verosímiles, que esos insensatos cuando están despiertos. ¡Cuántas veces no me habrá ocurrido soñar, por la noche, que estaba aquí mismo, vestido, junto al fuego, estando en realidad desnudo y en la cama! En este momento, estoy seguro de que yo miro este papel con los ojos de la vigilia, de que esta cabeza que muevo no está soñolienta, de que alargo esta mano y la siento de propósito y con plena conciencia: lo que acaece en sueños no me resulta tan claro y distinto como todo esto. Pero, pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por ilusiones semejantes. Y fijándome en este pensamiento, veo de un modo tan manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales que basten a distinguir con claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito, y mi estupor es tal que casi puede persuadirme de que estoy durmiendo.

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Este texto pertenece a las Meditaciones metafísicas, obra en la que Descartes busca dar al conocimiento una base plenamente cierta partiendo de la duda metódica, deliberada y provisional.

Idea principal 1.1

La idea principal del texto es el llamado argumento del sueño: «no hay indicios concluyentes ni señales que basten a distinguir con claridad el sueño de la vigilia». Muchas veces le ha ocurrido soñar que estaba «aquí mismo, vestido, junto al fuego», cuando en realidad estaba «desnudo y en la cama». Ni siquiera las percepciones más claras y cercanas escapan ya, por tanto, a la duda.

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema de fondo es cómo llegar a distinguir la realidad de la simple apariencia. ¿Tenemos acaso algún criterio realmente seguro para saber que lo que estamos viviendo ahora mismo es real y no una ilusión? Si no lo hay, toda la experiencia entera queda en suspenso como posible fundamento del conocimiento. El problema es epistemológico, aunque con claras repercusiones ontológicas: sin ningún criterio para separar el sueño de la vigilia, se tambalea no solo lo que creemos saber, sino la existencia misma del mundo.

Comentario del texto 1.2

El texto supera ahora, de un salto, el límite en que se detenía el argumento anterior. La locura quedaba descartada, desde luego, pero hay una especie de locura normal que nos afecta a todos por igual: el sueño. Descartes lo recuerda al decir que tiene «costumbre de dormir» y de representarse en sueños las mismas cosas que esos insensatos cuando están despiertos. Quien sueña toma por real lo irreal, y todo el mundo sueña alguna vez.

El ejemplo que pone aquí es muy directo, porque cuántas veces le habrá ocurrido soñar que estaba «aquí mismo, vestido, junto al fuego, estando en realidad desnudo y en la cama». Conviene fijarse bien en el detalle: el contenido del sueño es exactamente la misma escena que antes parecía indudable, con el fuego, la bata y el papel. La duda alcanza así, de lleno, el centro mismo de la certeza sensible más inmediata.

Descartes intenta todavía resistir a la objeción. Ahora mismo está seguro de que mira el papel «con los ojos de la vigilia» y de que alarga la mano «de propósito y con plena conciencia», de modo que lo que ocurre en sueños no le resulta nunca tan claro y distinto como esto. Pero la réplica llega enseguida, porque «pensándolo mejor» recuerda haber sido engañado mientras dormía por otras ilusiones muy semejantes: también en sueños creemos sentir con plena conciencia.

La conclusión es realmente inquietante, ya que no hay señales seguras para distinguir el sueño de la vigilia, hasta el punto de que casi puede persuadirse a sí mismo de que está durmiendo. Conviene precisar bien el alcance del argumento: no dice que todo sea un sueño, sino solamente que no puedo saberlo, y esa simple posibilidad basta ya para que ninguna percepción concreta pueda servir de fundamento cierto. Aun así, algo queda todavía en pie, los elementos generales de los sueños y las matemáticas, de los que se ocupan precisamente los dos textos siguientes.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

Cuando Descartes admite que no hay señales seguras para distinguir el sueño de la vigilia, no busca quedarse en la duda. El texto muestra que su duda es metódica, o sea, un instrumento: se duda una sola vez en la vida para encontrar algo indudable, y por eso lo dudoso se trata como si fuera falso y el ataque va directamente contra los cimientos del edificio, no contra las opiniones una a una.

La duda tiene, sin embargo, un límite, y justo ahí empieza el sistema: puedo dudar de todo menos de que dudo. Si dudo, pienso; y si pienso, necesariamente existo. El cogito es justamente el punto de apoyo firme que buscaba, desde el que Descartes reconstruye después el yo, Dios y el mundo. Conviene exponer ahora ese sistema en su conjunto.

Síntesis de la filosofía de Descartes 2.2

La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. En un momento en que la vieja filosofía escolástica había perdido todo su prestigio y la nueva ciencia triunfaba en toda Europa, busca en la razón un saber tan firme y tan seguro como el de las matemáticas puras.

De ellas toma precisamente su método, que consta de cuatro reglas: la evidencia, o aceptar solo lo que se ve claro y distinto; el análisis; la síntesis; y la enumeración. Aplicado a fondo, ese método se convierte en duda metódica, es decir, en dudar de todo aquello que admita el menor motivo de duda. Y motivos hay de sobra: los sentidos engañan a veces, el sueño llega a confundirse con la vigilia, y un genio maligno todopoderoso podría estar engañándonos incluso en las matemáticas más simples.

De esa duda universal se salva una sola certeza, una sola: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas las demás, porque se capta con absoluta claridad y distinción. El yo queda definido entonces como sustancia pensante, en latín res cogitans: lo que lo hace ser lo que es no es en absoluto el cuerpo, sino la conciencia.

Desde ese yo se reconstruye después todo lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado yo, la de un ser infinito y perfecto; y como yo soy un ser finito, su causa solo puede ser Dios mismo. Dios, por ser perfecto, no puede engañar, de modo que su veracidad garantiza que existe el mundo exterior y que la razón funciona bien. El error no viene entonces del entendimiento, sino de la voluntad, que se precipita y juzga más allá de lo que aquel ve claro.

El sistema queda así organizado en tres sustancias: Dios, que es infinita; el alma, que es pensante; y los cuerpos, que son extensos y están regidos por leyes mecánicas. En el ser humano se unen las dos sustancias finitas, y eso es el dualismo cartesiano, que arrastra un problema enorme: cómo se comunican el alma y el cuerpo. Descartes lo intentó resolver recurriendo a la glándula pineal, aunque sin ningún éxito.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: las filosofías de la vida del siglo XX 3.1

El problema del texto se apoya entero en una determinada idea de la razón. Para Descartes la razón es una facultad única y siempre idéntica, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, situada fuera del tiempo, que con el método adecuado llega a alcanzar verdades absolutas. Esa es, en el fondo, la fe del racionalismo moderno.

Frente a ella, ya en el siglo XX, se desarrollan las filosofías de la vida, que sostienen que esa razón pura sencillamente no existe: la razón nace siempre de la vida, funciona dentro de una vida concreta y sirve a esa vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía concretas, de modo que no hay conocimiento sin punto de vista, y pretender un saber válido para todos los tiempos y lugares resulta una ficción. En España esta corriente culmina, ya en el siglo XX, en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.

El autor: Ortega y Gasset 3.2

Ortega se enfrenta directamente y sin rodeos a la razón cartesiana. Descartes necesita un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana», porque solo así la evidencia puede valer siempre, en cualquier época y para todos por igual. Ortega responde que semejante sujeto es sencillamente imposible, ya que «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, para salvar la verdad, acaba renunciando a la vida, y su sujeto puro no es más que un «espectro irreal» que conoce pero no vive.

Esa incapacidad se comprueba enseguida en la historia. Si la razón es una y siempre la misma, cabe preguntarse entonces por qué la humanidad entera ha vivido milenios en el error y en el desacuerdo. Descartes solo puede responder moralizando: si erramos es porque la voluntad desborda continuamente al entendimiento. La historia queda reducida entonces a un simple lugar de castigo, y por eso puede decirse que el racionalismo es antihistórico.

Frente a la razón pura, Ortega propone en cambio la razón vital. La razón no es un tribunal situado fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da a sí misma para orientarse. El sujeto no es ni transparente ni deformador, sino más bien un cedazo que selecciona, de manera que cada vida, cada pueblo y cada época captan una porción real y propia de la verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única», que es justamente la que el método cartesiano viene a exigir. Donde Descartes buscaba la certeza absoluta desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista: la razón pura debe ser sustituida por una razón vital, es decir, situada, histórica y móvil.