61 · La circunstancia
Nos encontramos ante un texto de Apuntes para un comentario al «Banquete» de Platón, obra en la que Ortega y Gasset interpreta el amor, a partir del diálogo platónico, como una experiencia vital que orienta la existencia de un ser humano que es esencialmente histórico.
La idea principal es que «para el hombre existir es encontrarse teniendo que ser aquí y ahora». Y ese mundo en que vivimos no es el de la física. Se compone «de todo y solo lo que nos afecta o importa positiva o negativamente»: «el mundo se compone solo de lo que nos es».
El problema filosófico de fondo es el de la realidad primaria. ¿Qué es primero: el mundo objetivo que describen las ciencias o el mundo vivido desde el que se hacen las ciencias? Es la pregunta por el punto de partida radical de la filosofía.
El texto define la existencia humana por la forzosidad. Existir es «encontrarse teniendo que ser aquí y ahora». Hay tres notas en esa frase. Encontrarse: no nos hemos puesto nosotros en el mundo. Tener que ser: vivir es una tarea que no podemos evitar. Aquí y ahora: toda vida está situada. El mundo «no es cualquiera, no nos es dado elegirlo». Es «precisamente este». Hay «cierta holgura» para movernos «a capricho». Pero siempre dentro de algún «preciso “aquí”». La libertad se ejerce dentro de lo impuesto.
Después se distingue este mundo del de la ciencia. «Este mundo no se compone de cuerpos físicos.» La física es «una ciencia maravillosa». Pero «no es más que una ciencia». Su mundo «es solo una interpretación del auténtico mundo». El auténtico es «ese en que vivimos», el que «nos induce a hacer física». El orden queda claro. Primero, el mundo vital. Después, la ciencia, que se hace en él y desde él. No hay desprecio de la ciencia. Hay jerarquía: la interpretación no puede sustituir a lo interpretado.
Al final llega la definición positiva. El mundo se compone «de todo y solo lo que nos afecta o importa». El criterio de realidad es el importar. Y de ahí sale la observación más sorprendente: «nuestro mundo se compone en gran parte de cosas que no hay», de las que solo hay «su falta..., su deplorable hueco». Las ausencias importan. El dinero que falta. La persona que ya no está. Ningún inventario físico las recoge. Y sin embargo organizan nuestra vida. Por eso, «el mundo se compone solo de lo que nos es». La frase anuncia el análisis del «ser-nos» de los textos siguientes.
Cuando Ortega define existir como «encontrarse teniendo que ser aquí y ahora», está formulando su tesis más honda. El texto nos ha mostrado que el mundo primario no es el de la física, hecho de cosas, sino el mundo vivido: lo que nos afecta y nos importa. Existir es encontrarse teniendo que ser aquí y ahora.
Con ello supera a la vez el realismo y el idealismo. Lo radical no son las cosas sin mí, ni mi conciencia sin las cosas. Lo radical es mi vida: el yo con su circunstancia, inseparables. Sobre esta intuición se levanta todo su pensamiento —perspectivismo, razón vital, razón histórica—, que conviene exponer ahora.
La filosofía de Ortega es el raciovitalismo: el intento de unir razón y vida, resumido en su fórmula «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad renunciando a la vida: inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas, que conoce pero no vive; es antihistórico. El relativismo salva la vida negando la verdad, y se contradice, porque negar la verdad es afirmar al menos una. Ambos fracasan por cegueras complementarias.
La primera pieza de su solución es el perspectivismo. El sujeto no es transparente ni deformador: es selectivo, como un cedazo. Cada vida es un punto de vista sobre el universo, y cada individuo, pueblo o época capta una porción real e insustituible de la verdad. La perspectiva es un componente de la realidad, no su deformación. La única perspectiva falsa es la que pretende ser única. La verdad total sería la articulación de todas las miradas.
La segunda pieza es la razón vital. No hay que elegir entre razón y vida: la razón es un instrumento que la vida se da para orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones, la razón vital piensa desde la vida y su historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical: en ella aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia no elegida y tener que hacer algo con ella: la vida es quehacer y proyecto. El hombre no tiene naturaleza, tiene historia. Por eso la razón vital acaba siendo razón histórica, y cada generación tiene su tarea: la nuestra, reconciliar la razón con la vida.
El problema planteado en el texto gira en torno a la concepción de la razón: ¿es la razón una facultad pura, ajena a la vida y a la historia, o una función de la vida misma? La primera respuesta define a una corriente precisa: el racionalismo moderno. Dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una e idéntica en todos los hombres y todas las épocas; que su modelo es la matemática; y que, con el método adecuado, alcanza verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para lograrlo debe apartar del sujeto todo lo individual, corporal e histórico. Es, exactamente, la posición que el texto examina y combate. Su fundador y máximo representante es Descartes, «padre del moderno racionalismo», como lo llama el propio Ortega.
Descartes encarna la razón pura que Ortega discute. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquier sujeto racional. Para fundarlas, somete todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido como pura «cosa que piensa», sin cuerpo y sin mundo; y desde él, con la garantía de la veracidad divina, se reconstruye el saber entero. La razón, bien conducida, no puede errar: el error es culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»; equivocarse y pecar van juntos.
Ortega responde señalando el precio de esa razón. Su sujeto debe ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico»: un «espectro irreal» que conoce pero no vive. Y su verdad debe verse desde «lugar ninguno»: la utopía racionalista, «la sola perspectiva falsa». La vida concreta —cuerpo, época, circunstancia— queda expulsada del conocimiento, y la historia, sin sentido: solo «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito, Ortega opone su fórmula: «yo soy yo y mi circunstancia». Lo primero no es una conciencia sin mundo, sino una vida con las cosas: «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura, la razón vital: no un tribunal intemporal, sino un instrumento de la vida, situado e histórico. Donde Descartes parte al hombre en dos sustancias —pensamiento y extensión—, Ortega responde que materia y espíritu «son dos mitos»: lo radical es la vida misma.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.