La filosofía de Descartes
1596 – 1650 · una visión de conjunto
La filosofía de Descartes empieza con una pregunta muy simple. ¿De qué puedo estar completamente seguro? Tirando de ese hilo, levanta la filosofía moderna. Vamos paso a paso.
- De dónde parte. La vieja filosofía en crisis y la nueva ciencia.
- El método. Cuatro reglas para no equivocarse.
- La duda metódica. Dudar de todo para hallar lo seguro.
- El cogito. Pienso, luego existo.
- Qué soy yo. Una cosa que piensa.
- Dios. La garantía de la verdad y del mundo.
- Por qué nos equivocamos. La voluntad va más allá del entendimiento.
- Las tres sustancias. Dios, alma y cuerpo.
- El dualismo. Su gran problema sin resolver.
- El legado. El racionalismo y el yo moderno.
1 · De dónde parte
Descartes vive un cambio de época. La filosofía de las escuelas, heredada de la Edad Media, ya no convence. Discute mucho y demuestra poco.
Mientras tanto, la nueva ciencia despega. Galileo mide, calcula y acierta. Y su secreto son las matemáticas.
Descartes quiere lo mismo para la filosofía. Un saber tan firme y claro como el de las matemáticas. Un edificio sin grietas. Pero un edificio necesita cimientos seguros. Y para encontrarlos, hace falta un método.
2 · El método
Su método cabe en cuatro reglas. Son de sentido común, pero llevadas hasta el final.
Primera, la evidencia: no admitir nada como verdadero si no se ve clara y distintamente, sin la menor sombra de duda. Segunda, el análisis: dividir cada problema difícil en partes pequeñas y fáciles. Tercera, la síntesis: ordenar los pensamientos de lo más simple a lo más complejo, sin saltos. Cuarta, la enumeración: repasarlo todo al final para no dejarse nada.
Es el método de un matemático aplicado a cualquier saber. Nada de autoridades ni de costumbres: solo lo que la razón vea con total claridad.
3 · La duda metódica
Descartes coge la primera regla y la lleva al extremo. Va a dudar de todo lo que admita el menor motivo de duda.
Ojo: no es que crea que todo es falso. Es una estrategia. Como quien vacía un cesto de manzanas para quedarse solo con las sanas.
Duda en tres pasos, cada uno más fuerte. Primero, los sentidos. A veces engañan: un palo metido en el agua parece torcido, una torre lejana parece redonda. Si engañan a veces, no me puedo fiar del todo.
Segundo, el sueño. Cuando sueño, todo me parece real. ¿Y cómo sé que ahora no estoy soñando? No hay forma segura de distinguirlo. Así que también el mundo entero queda en duda.
Tercero, el paso más radical. Imagina un genio maligno, muy poderoso, que se dedica a engañarme en todo. Podría hacer que me equivoque incluso al sumar dos y dos. Tras este golpe, parece que ya no queda nada en pie.
4 · El cogito
Y sin embargo, sí queda algo. Un punto que resiste toda duda.
Aunque un genio me engañe en todo, hay una cosa segura: para ser engañado, tengo que existir. Puedo dudar de todo, menos de que estoy dudando. Y dudar es pensar.
Pienso, luego existo. Esa es la primera verdad, la roca firme. Es segura porque se ve clara y distinta. Y sirve de modelo: será verdadero todo lo que se me presente con esa misma claridad.
Fíjate en el giro. Descartes ha usado la duda como herramienta. Cuanto más duda, más seguro está de que existe mientras duda. La duda, llevada al fondo, se convierte en su primera certeza.
5 · Qué soy yo
Bien, existo. Pero ¿qué soy?
La respuesta: soy una cosa que piensa (res cogitans). Mi esencia no es el cuerpo. Es la conciencia.
El argumento es limpio. Puedo dudar de tener cuerpo (quizá lo sueño). Pero no puedo dudar de que pienso. Luego lo que soy con seguridad es un ser que piensa, no un ser con figura y peso.
Pensar, aquí, es mucho: dudar, entender, afirmar, negar, querer, imaginar, sentir. Todo eso pasa dentro de mí y de ello no puedo dudar.
6 · Dios, garantía del mundo
De momento, Descartes solo está seguro de sí mismo. Está encerrado en su propia mente. ¿Cómo sale de ahí? Por Dios.
Encuentra dentro de sí una idea rara: la de un ser infinito y perfecto. Y se pregunta de dónde ha salido. Él es finito e imperfecto. Y lo menos no puede producir lo más. Un ser finito no puede fabricar por su cuenta la idea de lo infinito.
Luego esa idea tuvo que ponerla en él un ser infinito real: Dios. Así prueba que Dios existe, a partir de una idea que lleva dentro.
Y aquí está la jugada clave. Un Dios perfecto no puede ser un embustero. Su veracidad es la garantía de todo. Gracias a ella puedo volver a fiarme del mundo exterior y de mi razón, siempre que la use con cuidado. El genio maligno queda descartado.
7 · Por qué nos equivocamos
Si Dios no engaña, surge una duda: entonces, ¿por qué caemos en el error?
La culpa no es de Dios. Es nuestra. En nosotros hay dos facultades. El entendimiento, que ve las cosas, pero solo hasta cierto punto. Y la voluntad, que es libre y muy amplia.
El problema aparece cuando la voluntad va más allá de lo que el entendimiento ve claro. Afirmamos cosas que no hemos comprendido bien. Ahí nace el error.
La receta es sencilla, aunque cuesta cumplirla: no juzgar sino aquello que se ve clara y distintamente. Suspender el juicio cuando no hay evidencia.
8 · Las tres sustancias
Con Dios recuperado, Descartes reconstruye la realidad. Y queda ordenada en tres sustancias.
Primera, Dios: sustancia infinita, que no depende de nada. Segunda, el alma: sustancia pensante (res cogitans), cuya esencia es pensar. Tercera, los cuerpos: sustancia extensa (res extensa), cuya esencia es ocupar espacio.
Lo llamativo es cómo entiende los cuerpos. Toda la materia funciona como una máquina, según leyes mecánicas. Incluso los animales son, para él, autómatas muy complejos. La naturaleza queda como un gran reloj.
9 · El dualismo y su problema
¿Y el ser humano? En él se juntan las dos sustancias finitas: un alma que piensa y un cuerpo que ocupa espacio. Es el dualismo cartesiano.
Pero ahí surge un problema gordo. Si el alma y el cuerpo son tan distintos, ¿cómo se comunican? ¿Cómo consigue un pensamiento mover una mano? ¿Cómo un pinchazo en el pie llega a doler en la mente?
Descartes intentó resolverlo con un pequeño órgano del cerebro, la glándula pineal, donde alma y cuerpo se tocarían. La solución no convenció a nadie, ni a él del todo. El problema quedó abierto para siempre.
10 · El legado
Con Descartes cambia el punto de partida de la filosofía. Ya no se empieza por el mundo o por Dios, sino por el yo que piensa.
Su confianza en la razón abre el racionalismo moderno: la idea de que, bien usada, la razón puede alcanzar verdades seguras.
Y su dualismo entre mente y cuerpo marcó siglos de debate. Muchos filósofos posteriores nacieron discutiendo con él, a favor o en contra. Empezar dudando de todo resultó ser un comienzo muy fecundo.
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