13 · La dialéctica y las Ideas
—Comprendo que te refieres a la geometría y a las artes afines.
—Comprende entonces la otra sección de lo inteligible, cuando afirmo que en ella la razón misma aprehende, por medio de la facultad dialéctica, y hace de los supuestos no principios sino realmente supuestos, que son como peldaños y trampolines hasta el principio del todo, que es no supuesto, y, tras aferrarse a él, ateniéndose a las cosas que de él dependen, desciende hasta una conclusión, sin servirse para nada de lo sensible, sino de Ideas, a través de Ideas y en dirección a Ideas, hasta concluir en Ideas.
Nos encontramos ante un texto de la República, obra en la que Platón reflexiona sobre la justicia y expone los fundamentos de su ontología y su epistemología.
La idea principal es la descripción de la dialéctica. Frente a las matemáticas, que usan supuestos «sin avanzar hacia un principio», la dialéctica trata los supuestos como «peldaños y trampolines hasta el principio del todo, que es no supuesto». Después desciende «sin servirse para nada de lo sensible, sino de Ideas, a través de Ideas y en dirección a Ideas».
El problema filosófico de fondo es el del saber absoluto. ¿Puede la razón fundamentarse a sí misma? ¿Puede alcanzar un principio incondicionado? ¿O todo conocimiento descansa, al final, en supuestos sin demostrar?
El texto compara las dos secciones de lo inteligible. En la primera, el alma usa supuestos «sin avanzar hacia un principio, por no poder remontarse más allá de los supuestos». Y se apoya en imágenes. Glaucón lo identifica enseguida: «comprendo que te refieres a la geometría y a las artes afines». La matemática queda fijada como término de comparación.
Luego se describe la dialéctica con tres notas. Primera: la autonomía de la razón. Aquí «la razón misma aprehende, por medio de la facultad dialéctica», sin ayuda sensible. Segunda: el cambio de estatuto de las hipótesis. La dialéctica «hace de los supuestos no principios sino realmente supuestos». Los usa como «peldaños y trampolines» para subir. La metáfora es exacta. El supuesto no es suelo firme para edificar. Es un escalón que se pisa y se supera. Así se asciende hasta «el principio del todo, que es no supuesto»: la Idea del Bien. Tercera: el descenso. Una vez alcanzado el principio, la razón baja «hasta una conclusión». Y lo hace con total pureza: «sin servirse para nada de lo sensible, sino de Ideas, a través de Ideas y en dirección a Ideas, hasta concluir en Ideas».
La repetición de la palabra «Ideas» no es casual. Cuatro veces en una frase. Expresa el ideal platónico: un pensar puro, sin imágenes. La dialéctica realiza el doble movimiento de toda la filosofía de Platón: ascenso al fundamento y descenso deductivo. Con ella culmina la educación del filósofo. Solo quien ha llegado al principio del todo puede dar razón de lo justo y de lo bello en el Estado.
Cuando Platón describe la dialéctica como ascenso hasta el «principio no supuesto», está condensando su filosofía entera. El texto nos ha mostrado que el ser tiene grados y el conocimiento también: de la conjetura a la inteligencia, cada nivel de saber depende del nivel de realidad de su objeto. No hay teoría del conocimiento sin teoría del ser.
El símil presupone, de hecho, todo el dualismo platónico: un mundo visible hecho de copias y un mundo inteligible hecho de Ideas, con el Bien en la cima. El alma debe ascender del uno al otro mediante la educación, que culmina en la dialéctica. Y ese ascenso tiene meta política: formar al filósofo gobernante. Conviene exponer ahora el sistema completo.
La filosofía de Platón nace como respuesta al relativismo de los sofistas y a la condena de Sócrates: busca un saber firme sobre el que fundar la vida y la política.
Su núcleo es la teoría de las Ideas. La realidad se divide en dos mundos. El sensible es el que percibimos: material, cambiante, imperfecto; pura copia. El inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas, eternas e inmutables, como lo Bello en sí o la Justicia en sí. Las cosas son lo que son por participar de las Ideas. Y en la cúspide está la Idea del Bien, que da ser y verdad a todo, como el sol da luz y vida.
A los dos mundos corresponden dos saberes. De lo sensible solo hay opinión (doxa). De lo inteligible hay ciencia (episteme): el pensamiento discursivo de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Además, conocer es recordar: el alma contempló las Ideas antes de nacer, y aprender es reminiscencia.
La antropología es dualista. El hombre es un alma inmortal unida a un cuerpo mortal que la ata a lo sensible. El alma tiene tres partes: racional, irascible y concupiscible. Su orden es la virtud —sabiduría, valor, templanza— y de ese orden nace la justicia.
La política reproduce el esquema. La ciudad justa tiene tres clases: gobernantes, guardianes y productores; cada una debe hacer lo suyo. Y debe gobernar quien conoce el Bien: el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.
El problema planteado en el texto desemboca en una concepción de la verdad. Para Platón, la verdad es el encuentro entre la razón y la realidad: la razón, apartándose de los sentidos, alcanza lo que verdaderamente es, las Ideas eternas e inmutables. La verdad es, por eso, una, universal e invariable. Esta concepción no es solo suya: define a toda la filosofía griega clásica. Frente a ella, en el siglo XIX surge una corriente que rompe ese esquema: el vitalismo. Para el vitalismo no hay una realidad eterna que la razón pueda encontrar: la realidad es vida, cambio, devenir. Y la razón no es un espejo de lo real, sino un instrumento al servicio de la vida. La verdad deja de ser encuentro y pasa a ser creación vital. El representante más radical de esta corriente es Nietzsche.
Nietzsche niega los dos términos del encuentro platónico. Primero, la realidad: no existe el mundo de las Ideas; «el mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso». Lo real es el devenir que muestran los sentidos, no lo eterno que promete la razón. Segundo, la razón: lejos de encontrar la realidad, la falsifica. Los sentidos «no mienten de ninguna manera»; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos: sustancia, identidad, ser. Las Ideas platónicas no son descubrimientos, sino «momias conceptuales».
Por eso la verdad, para Nietzsche, no es encuentro sino ficción útil: nació como un conjunto de errores que favorecían la vida, y solo «muy tarde» apareció como problema. Preguntar por la verdad es preguntar qué vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, a su juicio, una vida débil, que no soporta el devenir y se venga de él imaginando algo mejor.
La confrontación alcanza también al alma. Para Platón, conocer es recordar lo que el alma inmortal contempló; la razón nos emparenta con lo divino. Nietzsche invierte el argumento: venimos de un mundo «mucho más bajo», del cuerpo y sus impulsos; el alma separable es la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente al ascenso platónico hacia el Bien, su propuesta es la fidelidad a la tierra: decir sí al devenir entero, incluso a lo terrible. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.