19 · Pintores y cosas simples
Nos encontramos ante un texto de las Meditaciones metafísicas, obra en la que Descartes busca fundamentar con certeza el conocimiento a partir de la duda metódica.
La idea principal es que ni el sueño lo destruye todo. Aunque estemos dormidos y nuestras percepciones sean «mentirosas ilusiones», los sueños son «como cuadros y pinturas que deben formarse a semejanza de algo real y verdadero». Al menos «esas cosas generales —ojos, cabeza, manos, cuerpo entero— no son imaginarias».
El problema filosófico de fondo es el alcance de la ficción. ¿Puede la mente inventar de la nada? ¿O toda representación, por fantástica que sea, se compone de elementos tomados de lo real? Se busca un residuo de realidad que ninguna duda pueda disolver.
El texto concede primero todo al argumento del sueño. Supongamos «que estamos dormidos». Supongamos que abrir los ojos o mover la cabeza son «mentirosas ilusiones». Supongamos incluso que «ni nuestras manos ni todo nuestro cuerpo son tal y como los vemos». Ninguna percepción concreta se salva. «Con todo», responde Descartes, los sueños no salen de la nada. Son como pinturas. Y las pinturas se hacen «a semejanza de algo real y verdadero».
La analogía del pintor sostiene el argumento. Los pintores, incluso al representar «sirenas y sátiros mediante figuras caprichosas», no pueden inventar «formas y naturalezas del todo nuevas». Lo que hacen «es sólo mezclar y componer partes de diversos animales». La sirena une mujer y pez. La imaginación no crea: combina. ¿Y si un pintor inventara algo nunca visto, «una cosa puramente fingida y absolutamente falsa»? Ni así escaparíamos del todo: «al menos los colores que usan deben ser verdaderos». Siempre queda un ingrediente simple que no se ha inventado.
Ahora se aplica al sueño. Aunque la escena entera sea falsa, sus piezas generales —«ojos, cabeza, manos, cuerpo entero»— tienen que venir de algo real. La duda funciona como un tamiz. Retiene lo compuesto y deja pasar lo simple. El texto siguiente dará un paso más: si hasta esas cosas generales pudieran ser imaginarias, quedarán los componentes «más simples y universales». Es decir, la extensión, la figura, el número. Los objetos de las matemáticas.
Cuando Descartes compara los sueños con las pinturas, no busca quedarse en la duda. El texto nos ha mostrado que su duda es metódica: se duda una vez en la vida para encontrar algo indudable. Por eso lo dudoso se trata como falso, y la duda ataca los fundamentos.
La duda tiene, sin embargo, un límite, y ahí empieza el sistema. Puedo dudar de todo, menos de que dudo. Si dudo, pienso; y si pienso, existo. El cogito es el punto de apoyo buscado, desde el que Descartes reconstruye el yo, Dios y el mundo. Veamos ese sistema en conjunto.
La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. Ante el desprestigio de la escolástica y el éxito de la nueva ciencia, busca en la razón un saber tan firme como el de las matemáticas.
De ellas toma su método: evidencia (aceptar solo lo claro y distinto), análisis, síntesis y enumeración. Aplicado con radicalidad, el método se convierte en duda metódica: dudar de todo lo que admita el menor motivo de duda. Los sentidos engañan a veces. El sueño se confunde con la vigilia. Y un genio maligno podría engañarnos hasta en las matemáticas.
De esa duda universal se salva una certeza: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas: se capta con claridad y distinción. El yo queda definido como sustancia pensante (res cogitans): su esencia es la conciencia, no el cuerpo.
Desde el yo se reconstruye lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado: la de un ser infinito y perfecto. Siendo yo finito, su causa solo puede ser Dios. Y Dios, por ser perfecto, no engaña: su veracidad garantiza el mundo exterior y el buen uso de la razón. El error nace de la voluntad, que juzga más allá de lo que el entendimiento ve claro.
El sistema queda en tres sustancias: Dios, sustancia infinita; el alma, sustancia pensante; y los cuerpos, sustancia extensa, regida por leyes mecánicas. En el hombre se unen las dos sustancias finitas: es el dualismo cartesiano, con su gran problema —la comunicación entre alma y cuerpo—, que Descartes intentó resolver, sin éxito, con la glándula pineal.
El problema planteado en el texto descansa sobre una concepción de la razón. Para Descartes, la razón es una facultad única, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, intemporal, que con el método adecuado alcanza verdades absolutas. Es la fe del racionalismo moderno. Frente a ella, en el siglo XX se desarrollan las filosofías de la vida. Su tesis es que esa razón pura no existe: la razón nace de la vida, funciona dentro de una vida y sirve a una vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía. No hay conocimiento sin punto de vista, y la pretensión de un saber válido para todos los tiempos es una ficción. En España, esta corriente culmina en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.
Ortega confronta directamente la razón cartesiana. Descartes exige un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana»: solo así la evidencia vale siempre e igual para todos. Ortega responde que ese sujeto es imposible: «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, «para salvar la verdad, renuncia a la vida», y su sujeto puro resulta un «espectro irreal» que conoce pero no vive.
La incapacidad se comprueba en la historia. Si la razón es una e idéntica, ¿por qué la humanidad ha vivido «milenariamente» en el error y el desacuerdo? Descartes solo puede responder moralizando: erramos porque la voluntad desborda al entendimiento, «ésta es la causa de que me equivoque y peque». La historia queda en «un lugar de castigo»: el racionalismo es antihistórico.
Frente a la razón pura, Ortega propone otra concepción: la razón vital. La razón no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da para orientarse. El sujeto no es transparente ni deformador: es un cedazo que selecciona, y cada vida, cada pueblo y cada época captan su porción real de verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única»: justo la que el método cartesiano exige. Donde Descartes buscaba la certeza desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista. La razón pura «tiene que ser sustituida por una razón vital», localizada, histórica y móvil.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.