2 · La reminiscencia
—Así es, desde luego.
—¿Y qué? –dijo él–. —¿Acaso experimentamos algo parecido con respecto a los maderos y a las cosas iguales de que hablábamos ahora? ¿Es que no parece que son iguales como lo que es igual por sí, o carecen de algo para ser de igual clase que lo igual en sí, o nada?
—Carecen, y de mucho, para ello –respondió.
—Por tanto, ¿reconocemos que, cuando uno al ver algo piensa: lo que ahora yo veo pretende ser como algún otro de los objetos reales, pero carece de algo y no consigue ser tal como aquél, sino que resulta inferior, necesariamente el que piensa esto tuvo que haber logrado ver antes aquello a lo que dice que esto se asemeja, ¿y que le resulta inferior?
—Necesariamente.
—¿Qué, pues? ¿Hemos experimentado también nosotros algo así, o no, con respecto a las cosas iguales y a lo igual en sí?
—Por completo.
—Conque es necesario que nosotros previamente hayamos visto lo igual antes de aquel momento en el que al ver por primera vez las cosas iguales pensamos que todas ellas tienden a ser como lo igual pero que lo son insuficientemente.
Nos encontramos ante un texto del Fedón, obra en la que Platón reflexiona sobre la inmortalidad del alma y la distinción entre el mundo sensible y el mundo inteligible.
La idea principal es la reminiscencia. Siempre que al ver un objeto «intuyas otro», hay «un proceso de reminiscencia». Las cosas iguales «carecen, y de mucho» de la perfección de lo igual en sí. Para notar esa carencia, hemos tenido que conocer antes el modelo. Percibir presupone un conocimiento previo de las Ideas.
El problema filosófico de fondo es el origen del conocimiento. ¿Viene todo saber de la experiencia? ¿O hay conocimientos anteriores a ella? La respuesta afecta también a la pregunta por el ser humano: qué debe ser el alma para guardar un saber que la experiencia no puede producir.
El texto comienza definiendo la reminiscencia (anámnesis): «siempre que al ver un objeto, a partir de su contemplación, intuyas otro..., es necesario que eso sea un proceso de reminiscencia». Conocer no es recibir información nueva. Es recordar lo que ya sabíamos. Aprender es despertar un saber dormido.
El siguiente paso es la imperfección de lo sensible. Las cosas iguales «carecen de algo para ser de igual clase que lo igual en sí». Quien las ve piensa que cada una «pretende ser» como lo igual, «pero carece de algo... y resulta inferior». Las cosas son copias defectuosas. Imitan a la Idea sin alcanzarla nunca. Esta relación se llama participación.
De ahí sale el argumento clave. Para juzgar que una copia es defectuosa, hay que conocer el original. El texto lo dice así: «necesariamente el que piensa esto tuvo que haber logrado ver antes aquello a lo que dice que esto se asemeja». Por tanto, «es necesario que nosotros previamente hayamos visto lo igual» antes de ver por primera vez cosas iguales. ¿Y cuándo fue ese «antes»? No puede estar dentro de esta vida, porque percibimos desde que nacemos. La conclusión es fuerte: el alma conoció las Ideas antes de encarnarse en el cuerpo.
El fragmento une así tres planos. La teoría del conocimiento (innatismo), la ontología (dos mundos) y la antropología (alma y cuerpo son distintos, y el alma existe antes que el cuerpo). Con este argumento, Platón prepara su meta final en el Fedón: demostrar que el alma es inmortal.
Cuando Platón define la reminiscencia, está apuntando mucho más allá del pasaje. Si los sentidos solo muestran cosas imperfectas y, aun así, conocemos lo perfecto, ese saber tuvo que adquirirse antes de nacer. Y si el alma conoció antes de nacer, existió antes que el cuerpo. El texto une así conocimiento y alma.
Para que todo esto funcione hacen falta dos mundos: el sensible, que percibimos, y el inteligible, que el alma contempló. Y dos realidades en el hombre: cuerpo mortal y alma inmortal. Es decir, el texto presupone el sistema entero de Platón, que conviene exponer ahora.
La filosofía de Platón nace como respuesta al relativismo de los sofistas y a la condena de Sócrates: busca un saber firme sobre el que fundar la vida y la política.
Su núcleo es la teoría de las Ideas. La realidad se divide en dos mundos. El sensible es el que percibimos: material, cambiante, imperfecto; pura copia. El inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas, eternas e inmutables, como lo Bello en sí o la Justicia en sí. Las cosas son lo que son por participar de las Ideas. Y en la cúspide está la Idea del Bien, que da ser y verdad a todo, como el sol da luz y vida.
A los dos mundos corresponden dos saberes. De lo sensible solo hay opinión (doxa). De lo inteligible hay ciencia (episteme): el pensamiento discursivo de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Además, conocer es recordar: el alma contempló las Ideas antes de nacer, y aprender es reminiscencia.
La antropología es dualista. El hombre es un alma inmortal unida a un cuerpo mortal que la ata a lo sensible. El alma tiene tres partes: racional, irascible y concupiscible. Su orden es la virtud —sabiduría, valor, templanza— y de ese orden nace la justicia.
La política reproduce el esquema. La ciudad justa tiene tres clases: gobernantes, guardianes y productores; cada una debe hacer lo suyo. Y debe gobernar quien conoce el Bien: el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.
El problema planteado en el texto desemboca en una concepción de la verdad. Para Platón, la verdad es el encuentro entre la razón y la realidad: la razón, apartándose de los sentidos, alcanza lo que verdaderamente es, las Ideas eternas e inmutables. La verdad es, por eso, una, universal e invariable. Esta concepción no es solo suya: define a toda la filosofía griega clásica. Frente a ella, en el siglo XIX surge una corriente que rompe ese esquema: el vitalismo. Para el vitalismo no hay una realidad eterna que la razón pueda encontrar: la realidad es vida, cambio, devenir. Y la razón no es un espejo de lo real, sino un instrumento al servicio de la vida. La verdad deja de ser encuentro y pasa a ser creación vital. El representante más radical de esta corriente es Nietzsche.
Nietzsche niega los dos términos del encuentro platónico. Primero, la realidad: no existe el mundo de las Ideas; «el mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso». Lo real es el devenir que muestran los sentidos, no lo eterno que promete la razón. Segundo, la razón: lejos de encontrar la realidad, la falsifica. Los sentidos «no mienten de ninguna manera»; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos: sustancia, identidad, ser. Las Ideas platónicas no son descubrimientos, sino «momias conceptuales».
Por eso la verdad, para Nietzsche, no es encuentro sino ficción útil: nació como un conjunto de errores que favorecían la vida, y solo «muy tarde» apareció como problema. Preguntar por la verdad es preguntar qué vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, a su juicio, una vida débil, que no soporta el devenir y se venga de él imaginando algo mejor.
La confrontación alcanza también al alma. Para Platón, conocer es recordar lo que el alma inmortal contempló; la razón nos emparenta con lo divino. Nietzsche invierte el argumento: venimos de un mundo «mucho más bajo», del cuerpo y sus impulsos; el alma separable es la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente al ascenso platónico hacia el Bien, su propuesta es la fidelidad a la tierra: decir sí al devenir entero, incluso a lo terrible. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.