3 · Un conocimiento previo al nacer
—Es necesario de acuerdo con lo que está dicho, Sócrates.
—¿Acaso desde que nacimos veíamos, oíamos, y teníamos los demás sentidos?
—Desde luego que sí.
—¿Era preciso, entonces, decimos, que tengamos adquirido el conocimiento de lo igual antes que éstos?
—Sí.
—Por lo tanto, antes de nacer, según parece, nos es necesario haberlo adquirido.
—Eso parece.
Nos encontramos ante un texto del Fedón, obra en la que Platón reflexiona sobre la inmortalidad del alma y la distinción entre el mundo sensible y el mundo inteligible.
La idea principal es que el conocimiento de lo igual en sí es anterior a toda experiencia. «Antes de que empezáramos a ver, oír, y percibir» ya debíamos tenerlo. Solo así podemos comparar con él «las igualdades aprehendidas por nuestros sentidos». Como percibimos desde que nacemos, ese saber se adquirió «antes de nacer».
El problema filosófico de fondo es el de las condiciones del conocimiento. ¿Basta la experiencia para explicar todo lo que sabemos? ¿O hay saberes que la experiencia necesita y no puede crear? La respuesta compromete, además, una idea del alma y de su relación con el cuerpo.
El texto da un paso decisivo. El conocimiento de la Idea no es el resultado de la experiencia. Es su condición. Sócrates lo formula así: «era necesario que hubiéramos obtenido... el conocimiento de qué es lo igual en sí mismo, si es que a este punto íbamos a referir las igualdades aprehendidas por nuestros sentidos». Sin el patrón previo, no podríamos medir las copias. Primero la Idea; después, la percepción tiene sentido.
El texto repite también una idea ya conocida: las cosas «se esfuerzan por ser tales como aquello, pero le resultan inferiores». Lo sensible aspira a la Idea y nunca la alcanza. Es la participación.
Luego viene el argumento cronológico. Es muy sencillo. Primera premisa: «¿Acaso desde que nacimos veíamos, oíamos...? —Desde luego que sí». La experiencia empieza al nacer. Segunda premisa: el conocimiento de lo igual es anterior a la experiencia. Conclusión: «antes de nacer, según parece, nos es necesario haberlo adquirido». No nacemos vacíos. Nacemos con un saber olvidado que la experiencia despierta. Esto es el innatismo platónico.
La consecuencia antropológica es enorme. Si el alma sabía antes de nacer, el alma existió antes que el cuerpo. El alma pertenece al mundo inteligible. Conocer es, para ella, volver a lo suyo. Este argumento es uno de los pilares del Fedón para defender la inmortalidad del alma. Además, muestra la unidad del sistema de Platón: su teoría del conocimiento y su teoría del alma se apoyan mutuamente.
Cuando Platón sostiene que el conocimiento de lo igual es anterior a toda experiencia, está apuntando mucho más allá del pasaje. Si los sentidos solo muestran cosas imperfectas y, aun así, conocemos lo perfecto, ese saber tuvo que adquirirse antes de nacer. Y si el alma conoció antes de nacer, existió antes que el cuerpo. El texto une así conocimiento y alma.
Para que todo esto funcione hacen falta dos mundos: el sensible, que percibimos, y el inteligible, que el alma contempló. Y dos realidades en el hombre: cuerpo mortal y alma inmortal. Es decir, el texto presupone el sistema entero de Platón, que conviene exponer ahora.
La filosofía de Platón nace como respuesta al relativismo de los sofistas y a la condena de Sócrates: busca un saber firme sobre el que fundar la vida y la política.
Su núcleo es la teoría de las Ideas. La realidad se divide en dos mundos. El sensible es el que percibimos: material, cambiante, imperfecto; pura copia. El inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas, eternas e inmutables, como lo Bello en sí o la Justicia en sí. Las cosas son lo que son por participar de las Ideas. Y en la cúspide está la Idea del Bien, que da ser y verdad a todo, como el sol da luz y vida.
A los dos mundos corresponden dos saberes. De lo sensible solo hay opinión (doxa). De lo inteligible hay ciencia (episteme): el pensamiento discursivo de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Además, conocer es recordar: el alma contempló las Ideas antes de nacer, y aprender es reminiscencia.
La antropología es dualista. El hombre es un alma inmortal unida a un cuerpo mortal que la ata a lo sensible. El alma tiene tres partes: racional, irascible y concupiscible. Su orden es la virtud —sabiduría, valor, templanza— y de ese orden nace la justicia.
La política reproduce el esquema. La ciudad justa tiene tres clases: gobernantes, guardianes y productores; cada una debe hacer lo suyo. Y debe gobernar quien conoce el Bien: el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.
El problema planteado en el texto desemboca en una concepción de la verdad. Para Platón, la verdad es el encuentro entre la razón y la realidad: la razón, apartándose de los sentidos, alcanza lo que verdaderamente es, las Ideas eternas e inmutables. La verdad es, por eso, una, universal e invariable. Esta concepción no es solo suya: define a toda la filosofía griega clásica. Frente a ella, en el siglo XIX surge una corriente que rompe ese esquema: el vitalismo. Para el vitalismo no hay una realidad eterna que la razón pueda encontrar: la realidad es vida, cambio, devenir. Y la razón no es un espejo de lo real, sino un instrumento al servicio de la vida. La verdad deja de ser encuentro y pasa a ser creación vital. El representante más radical de esta corriente es Nietzsche.
Nietzsche niega los dos términos del encuentro platónico. Primero, la realidad: no existe el mundo de las Ideas; «el mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso». Lo real es el devenir que muestran los sentidos, no lo eterno que promete la razón. Segundo, la razón: lejos de encontrar la realidad, la falsifica. Los sentidos «no mienten de ninguna manera»; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos: sustancia, identidad, ser. Las Ideas platónicas no son descubrimientos, sino «momias conceptuales».
Por eso la verdad, para Nietzsche, no es encuentro sino ficción útil: nació como un conjunto de errores que favorecían la vida, y solo «muy tarde» apareció como problema. Preguntar por la verdad es preguntar qué vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, a su juicio, una vida débil, que no soporta el devenir y se venga de él imaginando algo mejor.
La confrontación alcanza también al alma. Para Platón, conocer es recordar lo que el alma inmortal contempló; la razón nos emparenta con lo divino. Nietzsche invierte el argumento: venimos de un mundo «mucho más bajo», del cuerpo y sus impulsos; el alma separable es la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente al ascenso platónico hacia el Bien, su propuesta es la fidelidad a la tierra: decir sí al devenir entero, incluso a lo terrible. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.