22 · En aguas profundas
Arquímedes, para trasladar la tierra de lugar, sólo pedía un punto de apoyo firme e inmóvil; así yo también tendré derecho a concebir grandes esperanzas, si por ventura hallo tan sólo una cosa que sea cierta e indubitable.
Nos encontramos ante un texto de las Meditaciones metafísicas, obra en la que Descartes busca fundamentar con certeza el conocimiento a partir de la duda metódica.
La idea principal es la búsqueda de un punto de apoyo. Hundido en dudas «como si de repente hubiera caído en aguas muy profundas», el meditador decide seguir «hasta haber encontrado algo cierto». Como Arquímedes, que pedía «un punto de apoyo firme e inmóvil» para mover la tierra, le basta «una cosa que sea cierta e indubitable».
El problema filosófico de fondo es el del primer principio. ¿Existe una certeza absoluta que sirva de fundamento a todo el conocimiento? No se trata de acumular verdades. Se trata de hallar una sola, pero inconmovible.
El texto empieza con el balance del día anterior: «mi meditación de ayer ha llenado mi espíritu de tantas dudas, que ya no está en mi mano olvidarlas». La duda, una vez puesta en marcha, no se puede desactivar a voluntad. La imagen que sigue es muy expresiva: «como si de repente hubiera caído en aguas muy profundas..., ni puedo apoyar mis pies en el fondo ni nadar para sostenerme en la superficie». Es la situación del náufrago. Sin fondo: sin fundamento. Sin superficie: sin poder volver a las opiniones de siempre.
Frente al vértigo, decisión metódica: «haré un esfuerzo, pese a todo, y tomaré de nuevo la misma vía que ayer». La regla sigue siendo la misma: apartar todo lo que admita «la más mínima duda», «del mismo modo que si supiera que es completamente falso». Lo dudoso se trata como falso. El objetivo tiene dos salidas posibles: «hasta haber encontrado algo cierto, o al menos... hasta saber de cierto que nada cierto hay en el mundo». Curiosamente, incluso el fracaso sería una certeza.
Al final llega la comparación famosa. Arquímedes «sólo pedía un punto de apoyo firme e inmóvil» para «trasladar la tierra de lugar». Descartes también: «tendré derecho a concebir grandes esperanzas, si por ventura hallo tan sólo una cosa que sea cierta e indubitable». El saber no necesita muchas verdades de partida. Necesita una sola, absolutamente firme. Con esa palanca se levantará todo el edificio del conocimiento. El texto siguiente la encontrará: «yo soy, yo existo».
Cuando Descartes busca, como Arquímedes, un punto de apoyo firme e inmóvil, no busca quedarse en la duda. El texto nos ha mostrado que su duda es metódica: se duda una vez en la vida para encontrar algo indudable. Por eso lo dudoso se trata como falso, y la duda ataca los fundamentos.
La duda tiene, sin embargo, un límite, y ahí empieza el sistema. Puedo dudar de todo, menos de que dudo. Si dudo, pienso; y si pienso, existo. El cogito es el punto de apoyo buscado, desde el que Descartes reconstruye el yo, Dios y el mundo. Veamos ese sistema en conjunto.
La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. Ante el desprestigio de la escolástica y el éxito de la nueva ciencia, busca en la razón un saber tan firme como el de las matemáticas.
De ellas toma su método: evidencia (aceptar solo lo claro y distinto), análisis, síntesis y enumeración. Aplicado con radicalidad, el método se convierte en duda metódica: dudar de todo lo que admita el menor motivo de duda. Los sentidos engañan a veces. El sueño se confunde con la vigilia. Y un genio maligno podría engañarnos hasta en las matemáticas.
De esa duda universal se salva una certeza: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas: se capta con claridad y distinción. El yo queda definido como sustancia pensante (res cogitans): su esencia es la conciencia, no el cuerpo.
Desde el yo se reconstruye lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado: la de un ser infinito y perfecto. Siendo yo finito, su causa solo puede ser Dios. Y Dios, por ser perfecto, no engaña: su veracidad garantiza el mundo exterior y el buen uso de la razón. El error nace de la voluntad, que juzga más allá de lo que el entendimiento ve claro.
El sistema queda en tres sustancias: Dios, sustancia infinita; el alma, sustancia pensante; y los cuerpos, sustancia extensa, regida por leyes mecánicas. En el hombre se unen las dos sustancias finitas: es el dualismo cartesiano, con su gran problema —la comunicación entre alma y cuerpo—, que Descartes intentó resolver, sin éxito, con la glándula pineal.
El problema planteado en el texto descansa sobre una concepción de la razón. Para Descartes, la razón es una facultad única, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, intemporal, que con el método adecuado alcanza verdades absolutas. Es la fe del racionalismo moderno. Frente a ella, en el siglo XX se desarrollan las filosofías de la vida. Su tesis es que esa razón pura no existe: la razón nace de la vida, funciona dentro de una vida y sirve a una vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía. No hay conocimiento sin punto de vista, y la pretensión de un saber válido para todos los tiempos es una ficción. En España, esta corriente culmina en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.
Ortega confronta directamente la razón cartesiana. Descartes exige un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana»: solo así la evidencia vale siempre e igual para todos. Ortega responde que ese sujeto es imposible: «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, «para salvar la verdad, renuncia a la vida», y su sujeto puro resulta un «espectro irreal» que conoce pero no vive.
La incapacidad se comprueba en la historia. Si la razón es una e idéntica, ¿por qué la humanidad ha vivido «milenariamente» en el error y el desacuerdo? Descartes solo puede responder moralizando: erramos porque la voluntad desborda al entendimiento, «ésta es la causa de que me equivoque y peque». La historia queda en «un lugar de castigo»: el racionalismo es antihistórico.
Frente a la razón pura, Ortega propone otra concepción: la razón vital. La razón no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da para orientarse. El sujeto no es transparente ni deformador: es un cedazo que selecciona, y cada vida, cada pueblo y cada época captan su porción real de verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única»: justo la que el método cartesiano exige. Donde Descartes buscaba la certeza desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista. La razón pura «tiene que ser sustituida por una razón vital», localizada, histórica y móvil.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.