Departamento de Filosofía
Descartes · Meditaciones metafísicas II

29 · Imaginar y sentir

Tengo la potestad de imaginar: pues aunque pueda ocurrir (como he supuesto más arriba) que las cosas que imagino no sean verdaderas, con todo, ese poder de imaginar no deja de estar realmente en mí, y forma parte de mi pensamiento. Por último, también soy yo el mismo que siente, es decir, que recibe y conoce las cosas como a través de los órganos de los sentidos, puesto que, en efecto, veo la luz, oigo el ruido, siento el calor. Se me dirá, empero, que esas apariencias son falsas, y que estoy durmiendo. Concedo que así sea: de todas formas, es al menos muy cierto que me parece ver, oír, sentir calor, y eso es propiamente lo que en mí se llama sentir, y, así precisamente considerado, no es otra cosa que «pensar». Por donde empiezo a conocer qué soy con algo más de claridad y distinción que antes.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Nos encontramos ante un texto de las Meditaciones metafísicas, obra en la que Descartes busca fundamentar con certeza el conocimiento a partir de la duda metódica.

Idea principal 1.1

La idea principal es que imaginar y sentir también son modos del pensar. Aunque lo que imagino no sea verdadero, «ese poder de imaginar no deja de estar realmente en mí». Y aunque las apariencias sean falsas, «es al menos muy cierto que me parece ver, oír, sentir calor». Y ese parecer «no es otra cosa que “pensar”».

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema filosófico de fondo es el estatuto de la sensación en el conocimiento. ¿Qué queda de cierto en el sentir cuando lo sentido es dudoso? La cuestión obliga a distinguir entre el acto de conciencia y su contenido. Entre lo vivido y lo exterior.

Comentario del texto 1.2

El texto incorpora al yo sus dos facultades más «corporales». Primero, la imaginación. Puede que las cosas que imagino «no sean verdaderas». Da igual: «ese poder de imaginar no deja de estar realmente en mí, y forma parte de mi pensamiento». La distinción es fina pero decisiva. Los contenidos imaginados pueden ser ficticios. El acto de imaginarlos es real y es mío. La duda afecta a lo representado. Nunca al acto de representar.

Después, la sensación. «También soy yo el mismo que siente..., puesto que, en efecto, veo la luz, oigo el ruido, siento el calor.» El escéptico protesta dentro del propio texto: «se me dirá, empero, que esas apariencias son falsas, y que estoy durmiendo». Y Descartes concede: «concedo que así sea». Pero da el paso clave: «de todas formas, es al menos muy cierto que me parece ver, oír, sentir calor». Quizá no hay luz. Pero es absolutamente cierto que me parece verla. Ese «me parece» es el resto indudable de toda percepción. Y, «así precisamente considerado, no es otra cosa que “pensar”». La sensación, como vivencia consciente, es un modo del pensamiento. No un estado del cuerpo.

El balance final usa los criterios del método: «empiezo a conocer qué soy con algo más de claridad y distinción que antes». Queda completa la res cogitans. El yo es una sustancia pensante. Sus modos —dudar, entender, querer, imaginar, sentir— son transparentes para la conciencia. Se ha ganado un territorio de certeza absoluta: la subjetividad. El mundo exterior habrá que recuperarlo después, apelando a la veracidad de Dios.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

Cuando Descartes reduce el sentir al «me parece» de la conciencia, está fundando la filosofía moderna. El texto nos ha mostrado qué es ese yo cuya existencia resiste toda duda: no un cuerpo, sino conciencia —dudar, entender, querer, imaginar, sentir—. La certeza de mi existencia dura lo que dura mi pensamiento.

El hallazgo cambia el punto de partida del saber: ya no es el mundo, sino el sujeto. Desde el yo habrá que recuperar a Dios y a las cosas. Y de la distinción entre pensamiento y cuerpo nacerá el dualismo cartesiano. Conviene exponer ahora el sistema completo.

Síntesis de la filosofía de Descartes 2.2

La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. Ante el desprestigio de la escolástica y el éxito de la nueva ciencia, busca en la razón un saber tan firme como el de las matemáticas.

De ellas toma su método: evidencia (aceptar solo lo claro y distinto), análisis, síntesis y enumeración. Aplicado con radicalidad, el método se convierte en duda metódica: dudar de todo lo que admita el menor motivo de duda. Los sentidos engañan a veces. El sueño se confunde con la vigilia. Y un genio maligno podría engañarnos hasta en las matemáticas.

De esa duda universal se salva una certeza: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas: se capta con claridad y distinción. El yo queda definido como sustancia pensante (res cogitans): su esencia es la conciencia, no el cuerpo.

Desde el yo se reconstruye lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado: la de un ser infinito y perfecto. Siendo yo finito, su causa solo puede ser Dios. Y Dios, por ser perfecto, no engaña: su veracidad garantiza el mundo exterior y el buen uso de la razón. El error nace de la voluntad, que juzga más allá de lo que el entendimiento ve claro.

El sistema queda en tres sustancias: Dios, sustancia infinita; el alma, sustancia pensante; y los cuerpos, sustancia extensa, regida por leyes mecánicas. En el hombre se unen las dos sustancias finitas: es el dualismo cartesiano, con su gran problema —la comunicación entre alma y cuerpo—, que Descartes intentó resolver, sin éxito, con la glándula pineal.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: las filosofías de la vida del siglo XX 3.1

El problema planteado en el texto descansa sobre una concepción de la razón. Para Descartes, la razón es una facultad única, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, intemporal, que con el método adecuado alcanza verdades absolutas. Es la fe del racionalismo moderno. Frente a ella, en el siglo XX se desarrollan las filosofías de la vida. Su tesis es que esa razón pura no existe: la razón nace de la vida, funciona dentro de una vida y sirve a una vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía. No hay conocimiento sin punto de vista, y la pretensión de un saber válido para todos los tiempos es una ficción. En España, esta corriente culmina en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.

El autor: Ortega y Gasset 3.2

Ortega confronta directamente la razón cartesiana. Descartes exige un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana»: solo así la evidencia vale siempre e igual para todos. Ortega responde que ese sujeto es imposible: «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, «para salvar la verdad, renuncia a la vida», y su sujeto puro resulta un «espectro irreal» que conoce pero no vive.

La incapacidad se comprueba en la historia. Si la razón es una e idéntica, ¿por qué la humanidad ha vivido «milenariamente» en el error y el desacuerdo? Descartes solo puede responder moralizando: erramos porque la voluntad desborda al entendimiento, «ésta es la causa de que me equivoque y peque». La historia queda en «un lugar de castigo»: el racionalismo es antihistórico.

Frente a la razón pura, Ortega propone otra concepción: la razón vital. La razón no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da para orientarse. El sujeto no es transparente ni deformador: es un cedazo que selecciona, y cada vida, cada pueblo y cada época captan su porción real de verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única»: justo la que el método cartesiano exige. Donde Descartes buscaba la certeza desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista. La razón pura «tiene que ser sustituida por una razón vital», localizada, histórica y móvil.

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.