42 · Lo último y lo primero (4)
Nos encontramos ante un texto de El crepúsculo de los ídolos, obra en la que Nietzsche critica los grandes errores de la filosofía occidental y reivindica la vida y los sentidos.
La idea principal es que los filósofos confunden «lo último y lo primero». Ponen al comienzo los «conceptos supremos», que son «los más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora». Y como lo supremo debe ser causa de sí mismo, fabrican «su estupendo concepto “Dios”».
El problema filosófico de fondo es el origen de los conceptos supremos: el ser, el bien, la verdad, Dios. ¿Son el principio de la realidad? ¿O el residuo final de la abstracción? Es decir: ¿lo más general es lo más real o lo más vacío?
El texto describe una inversión del orden natural. Los filósofos «ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final». ¿Qué es lo que viene al final? Los «conceptos supremos»: lo existente, lo incondicionado, lo bueno, lo verdadero, lo perfecto. Estos conceptos se obtienen quitando contenido. Son «los conceptos más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora». La metáfora del humo es exacta. Cuanto más general es un concepto, menos realidad contiene. Y la metafísica corona su edificio justo con lo más tenue.
¿Por qué esta inversión? No por un argumento. Por un prejuicio de veneración: «a lo superior no le es lícito provenir de lo inferior, no le es lícito provenir de nada». Que algo valioso tenga un origen humilde parece una objeción. Moraleja: «todo lo que es de primer rango tiene que ser causa sui», causa de sí mismo. Además, los conceptos supremos no pueden contradecirse entre sí. De todas estas exigencias sale la síntesis final: «con esto tienen los filósofos su estupendo concepto “Dios”». Lo último y más vacío queda puesto como lo primero: «como causa en sí, como ens realissimum», el ente más real. El humo convertido en fundamento del mundo.
El cierre es un juicio durísimo: «¡Que la humanidad haya tenido que tomar en serio las dolencias cerebrales de unos enfermos tejedores de telarañas! - ¡Y lo ha pagado caro!». La metafísica como enfermedad. Sus conceptos, telarañas sin sustancia. Y un precio pagado por todos: el desprecio del mundo real en nombre del ficticio. La tarea que se anuncia es la inversa: devolver los conceptos a su origen terrestre.
Cuando Nietzsche llama a los conceptos supremos «el último humo de la realidad que se evapora», está ajustando cuentas con toda la tradición. El texto nos ha mostrado la raíz del error: no está en los sentidos, que muestran el devenir, sino en la razón y el lenguaje, que imponen ficciones como la sustancia, el yo o el ser. El «mundo verdadero» es un añadido mentiroso: solo existe este mundo.
Y la crítica es también un diagnóstico vital: quien inventa otro mundo mejor se venga de este. Por eso su tarea es doble: destruir los ídolos —Dios, el ser, la moral— y afirmar lo que negaban: la vida, el cuerpo, la tierra. Conviene exponer ahora su filosofía completa.
La filosofía de Nietzsche es un vitalismo: el valor supremo es la vida, y toda idea se juzga según la favorezca o la niegue.
Su diagnóstico es que Occidente se ha construido contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero» —eterno, racional, perfecto— y degradó este mundo, el del cuerpo y el devenir, a mera apariencia. El cristianismo popularizó ese esquema: es un «platonismo para el pueblo». Y la moral tradicional nace, según su genealogía, del resentimiento de los débiles contra lo fuerte y vital.
La crítica alcanza también al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— son ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten: muestran el devenir. Miente la razón que lo congela en conceptos fijos. No hay verdad absoluta: toda verdad es interpretación, perspectiva al servicio de la vida.
El anuncio central es la muerte de Dios: la fe que fundamentaba la verdad, la moral y el sentido ha perdido su fuerza. La consecuencia es el nihilismo. Puede ser pasivo —desesperar, o seguir viviendo de valores muertos— o activo: la ocasión de crear valores nuevos.
De ahí su propuesta. El superhombre es el que crea sus propios valores, fiel a la tierra, y dice sí a la vida entera, incluso a lo terrible: es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo de toda vida: afán de crecer, superarse y crear. Y el eterno retorno es la prueba suprema de la afirmación: vivir de tal modo que quieras que tu vida se repita eternamente.
El problema planteado en el texto es, en el fondo, una tesis sobre la verdad: no existe una verdad absoluta y eterna; lo que llamamos verdad es una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche está rechazando la concepción de la verdad que fundó Occidente: la verdad como encuentro entre la razón y la realidad. Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, entiende que hay una realidad estable y universal, y que la razón, apartándose de los sentidos, puede conocerla tal como es. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también el bien. Esta corriente es el gran adversario de todo el texto. Y su representante máximo es Platón.
Platón sostiene, punto por punto, lo que el texto destruye. Para él, los dos términos del encuentro son firmes. Hay una realidad verdadera: el mundo inteligible de las Ideas, eternas e inmutables, del que lo sensible es solo copia. Su axioma es el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay una razón capaz de alcanzarla: apartándose de los sentidos —que solo dan opinión (doxa)—, el alma asciende mediante la dialéctica hasta las Ideas y su fundamento, la Idea del Bien, causa del ser y de la verdad.
La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: encuentro de la razón con lo real, no invento de la vida. Es más: para Platón la relación se invierte. La verdad no depende de la vida; la vida buena depende de la verdad. Quien conoce el Bien vive bien; el saber funda el valor.
Ese fundamento absoluto es lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, «más allá de la esencia», es el primer «sol» de Occidente: cuando el hombre loco pregunta «¿qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol?», el sol apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo como el anti-Platón.
La confrontación es total: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.