44 · La voluntad y la gramática (5)
Nos encontramos ante un texto de El crepúsculo de los ídolos, obra en la que Nietzsche critica los grandes errores de la filosofía occidental y reivindica la vida y los sentidos.
La idea principal es que en el origen de la metafísica hay errores del lenguaje. El primero: creer «que la voluntad es algo que causa efectos». Después, los filósofos dedujeron un origen divino de la razón: «nosotros tenemos que haber sido divinos, ¡pues poseemos la razón!». La conclusión es célebre: «temo que no vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática».
El problema filosófico de fondo es el origen de las categorías. ¿Vienen de la experiencia? ¿De un mundo superior? ¿O de los hábitos del lenguaje? La respuesta decide si la razón es un don trascendente o un producto histórico y terrestre.
El texto comienza con la ficción fundacional: «ese error grande y funesto de que la voluntad es algo que causa efectos, -de que la voluntad es una facultad». Hoy sabemos algo distinto: «no es más que una palabra». La voluntad-causa, modelo de toda causalidad, se disuelve. Era solo un vocablo.
Sobre esa base creció un error más refinado. Los filósofos notaron su «certeza subjetiva en el manejo de las categorías de la razón». Y razonaron: esas categorías «no podían proceder de la empiria», porque la experiencia entera «está en contradicción con ellas». Entonces, ¿de dónde vienen? La respuesta fue la misma «tanto en India como en Grecia»: «nosotros tenemos que haber habitado ya alguna vez en un mundo más alto..., tenemos que haber sido divinos, ¡pues poseemos la razón!». Es, exactamente, la reminiscencia platónica. Nietzsche la invierte con un paréntesis genial: venimos «de un mundo mucho más bajo», del lenguaje primitivo. «¡Lo cual habría sido la verdad!»
El ejemplo histórico confirma la fuerza del error: «nada ha tenido una fuerza persuasiva más ingenua que el error acerca del ser..., formulado por los eleatas». Ese error «tiene en favor suyo cada palabra, cada frase que nosotros pronunciamos». Hasta sus adversarios cayeron: «entre otros Demócrito, cuando inventó su átomo». El átomo es la vieja sustancia disfrazada de física.
El cierre condensa todo el capítulo: «la “razón” en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora! Temo que no vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática». Mientras la frase imponga sujetos, causas y sustancias, Dios tendrá refugio en la sintaxis. Matar a Dios exige criticar el lenguaje.
Cuando Nietzsche teme que no nos libraremos de Dios «porque continuamos creyendo en la gramática», está ajustando cuentas con toda la tradición. El texto nos ha mostrado la raíz del error: no está en los sentidos, que muestran el devenir, sino en la razón y el lenguaje, que imponen ficciones como la sustancia, el yo o el ser. El «mundo verdadero» es un añadido mentiroso: solo existe este mundo.
Y la crítica es también un diagnóstico vital: quien inventa otro mundo mejor se venga de este. Por eso su tarea es doble: destruir los ídolos —Dios, el ser, la moral— y afirmar lo que negaban: la vida, el cuerpo, la tierra. Conviene exponer ahora su filosofía completa.
La filosofía de Nietzsche es un vitalismo: el valor supremo es la vida, y toda idea se juzga según la favorezca o la niegue.
Su diagnóstico es que Occidente se ha construido contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero» —eterno, racional, perfecto— y degradó este mundo, el del cuerpo y el devenir, a mera apariencia. El cristianismo popularizó ese esquema: es un «platonismo para el pueblo». Y la moral tradicional nace, según su genealogía, del resentimiento de los débiles contra lo fuerte y vital.
La crítica alcanza también al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— son ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten: muestran el devenir. Miente la razón que lo congela en conceptos fijos. No hay verdad absoluta: toda verdad es interpretación, perspectiva al servicio de la vida.
El anuncio central es la muerte de Dios: la fe que fundamentaba la verdad, la moral y el sentido ha perdido su fuerza. La consecuencia es el nihilismo. Puede ser pasivo —desesperar, o seguir viviendo de valores muertos— o activo: la ocasión de crear valores nuevos.
De ahí su propuesta. El superhombre es el que crea sus propios valores, fiel a la tierra, y dice sí a la vida entera, incluso a lo terrible: es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo de toda vida: afán de crecer, superarse y crear. Y el eterno retorno es la prueba suprema de la afirmación: vivir de tal modo que quieras que tu vida se repita eternamente.
El problema planteado en el texto es, en el fondo, una tesis sobre la verdad: no existe una verdad absoluta y eterna; lo que llamamos verdad es una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche está rechazando la concepción de la verdad que fundó Occidente: la verdad como encuentro entre la razón y la realidad. Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, entiende que hay una realidad estable y universal, y que la razón, apartándose de los sentidos, puede conocerla tal como es. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también el bien. Esta corriente es el gran adversario de todo el texto. Y su representante máximo es Platón.
Platón sostiene, punto por punto, lo que el texto destruye. Para él, los dos términos del encuentro son firmes. Hay una realidad verdadera: el mundo inteligible de las Ideas, eternas e inmutables, del que lo sensible es solo copia. Su axioma es el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay una razón capaz de alcanzarla: apartándose de los sentidos —que solo dan opinión (doxa)—, el alma asciende mediante la dialéctica hasta las Ideas y su fundamento, la Idea del Bien, causa del ser y de la verdad.
La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: encuentro de la razón con lo real, no invento de la vida. Es más: para Platón la relación se invierte. La verdad no depende de la vida; la vida buena depende de la verdad. Quien conoce el Bien vive bien; el saber funda el valor.
Ese fundamento absoluto es lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, «más allá de la esencia», es el primer «sol» de Occidente: cuando el hombre loco pregunta «¿qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol?», el sol apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo como el anti-Platón.
La confrontación es total: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.