6 · ¿Placer o inteligencia?
—Sin duda.
—Y además, querido mío, los que piensan esto último no pueden mostrar qué clase de inteligencia, y se ven forzados a terminar por decir que es la inteligencia del bien.
—Cierto, y resulta ridículo.
—Claro, sobre todo si nos reprochan que no conocemos el bien y hablan como si a su vez lo supiesen; pues dicen que es la inteligencia del bien, como si comprendiéramos qué quieren decir cuando pronuncian la palabra 'bien'.
—Es muy verdad.
—¿Y los que definen el bien como el placer? ¿Acaso incurren menos en error que los otros? ¿No se ven forzados a reconocer que hay placeres malos?
—Es forzoso.
—Pero en ese caso, pienso, les sucede que deben reconocer que las mismas cosas son buenas y malas. ¿No es así?
—Sí.
—También es manifiesto que hay muchas y grandes disputas en torno a esto.
—Sin duda.
Nos encontramos ante un texto de la República, obra en la que Platón reflexiona sobre la justicia y expone los fundamentos de su ontología y su epistemología.
La idea principal es que las dos definiciones corrientes del Bien fracasan. La mayoría dice que el Bien es el placer. Los «más exquisitos» dicen que es la inteligencia. Los segundos caen en un círculo: acaban diciendo que es «la inteligencia del bien». Los primeros se contradicen: deben admitir «que hay placeres malos».
El problema filosófico de fondo es la definición del bien supremo. ¿Puede reducirse el valor a algo empírico, como el placer, o a una facultad humana? ¿O es una realidad irreductible? En juego está si la ética puede fundarse en la opinión común o necesita otro tipo de saber.
El texto procede por refutación. Es el estilo socrático. Primero caen los intelectualistas. Dicen que el Bien es la inteligencia. Pero, ¿inteligencia de qué? «No pueden mostrar qué clase de inteligencia, y se ven forzados a terminar por decir que es la inteligencia del bien.» Definen el bien usando la palabra «bien». Es un círculo vicioso: «hablan como si a su vez lo supiesen..., como si comprendiéramos qué quieren decir cuando pronuncian la palabra “bien”». El propio texto lo reconoce: «resulta ridículo».
Después caen los hedonistas. «¿Y los que definen el bien como el placer? ¿Acaso incurren menos en error que los otros?» No. Ellos mismos «se ven forzados a reconocer que hay placeres malos». Y entonces «deben reconocer que las mismas cosas son buenas y malas». Si el placer fuera el Bien, no habría placeres malos. Como los hay, placer y Bien no son lo mismo. Esta contradicción es típica de la doxa: lo mismo parece bueno y malo a la vez. Y lo contradictorio no puede ser el Bien en sí.
El cierre constata un hecho: «hay muchas y grandes disputas en torno a esto». La gente no se pone de acuerdo sobre lo más importante. Para Platón, ese desacuerdo demuestra que la opinión no basta. Hace falta ciencia del Bien. El fragmento cumple así una función preparatoria. Despeja las respuestas fáciles. Deja el terreno listo para el símil del sol, donde Sócrates hablará del Bien de forma indirecta.
Cuando Platón rechaza que el Bien sea el placer o la inteligencia, está coronando todo su sistema. El texto nos ha mostrado que el Bien no se deja reducir a nada empírico: ni al placer ni a la inteligencia. Precisamente por eso apunta a algo superior: la cúspide del mundo de las Ideas.
Pero la cúspide solo se entiende viendo el edificio entero. Hay dos mundos: el sensible, copia imperfecta, y el inteligible, el de las Ideas. Dos formas de conocimiento: opinión y ciencia. Dos realidades en el hombre: cuerpo y alma. Y una conclusión política: debe gobernar quien conozca el Bien. Veamos ese sistema en conjunto.
La filosofía de Platón nace como respuesta al relativismo de los sofistas y a la condena de Sócrates: busca un saber firme sobre el que fundar la vida y la política.
Su núcleo es la teoría de las Ideas. La realidad se divide en dos mundos. El sensible es el que percibimos: material, cambiante, imperfecto; pura copia. El inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas, eternas e inmutables, como lo Bello en sí o la Justicia en sí. Las cosas son lo que son por participar de las Ideas. Y en la cúspide está la Idea del Bien, que da ser y verdad a todo, como el sol da luz y vida.
A los dos mundos corresponden dos saberes. De lo sensible solo hay opinión (doxa). De lo inteligible hay ciencia (episteme): el pensamiento discursivo de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Además, conocer es recordar: el alma contempló las Ideas antes de nacer, y aprender es reminiscencia.
La antropología es dualista. El hombre es un alma inmortal unida a un cuerpo mortal que la ata a lo sensible. El alma tiene tres partes: racional, irascible y concupiscible. Su orden es la virtud —sabiduría, valor, templanza— y de ese orden nace la justicia.
La política reproduce el esquema. La ciudad justa tiene tres clases: gobernantes, guardianes y productores; cada una debe hacer lo suyo. Y debe gobernar quien conoce el Bien: el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.
El problema planteado en el texto desemboca en una concepción de la verdad. Para Platón, la verdad es el encuentro entre la razón y la realidad: la razón, apartándose de los sentidos, alcanza lo que verdaderamente es, las Ideas eternas e inmutables. La verdad es, por eso, una, universal e invariable. Esta concepción no es solo suya: define a toda la filosofía griega clásica. Frente a ella, en el siglo XIX surge una corriente que rompe ese esquema: el vitalismo. Para el vitalismo no hay una realidad eterna que la razón pueda encontrar: la realidad es vida, cambio, devenir. Y la razón no es un espejo de lo real, sino un instrumento al servicio de la vida. La verdad deja de ser encuentro y pasa a ser creación vital. El representante más radical de esta corriente es Nietzsche.
Nietzsche niega los dos términos del encuentro platónico. Primero, la realidad: no existe el mundo de las Ideas; «el mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso». Lo real es el devenir que muestran los sentidos, no lo eterno que promete la razón. Segundo, la razón: lejos de encontrar la realidad, la falsifica. Los sentidos «no mienten de ninguna manera»; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos: sustancia, identidad, ser. Las Ideas platónicas no son descubrimientos, sino «momias conceptuales».
Por eso la verdad, para Nietzsche, no es encuentro sino ficción útil: nació como un conjunto de errores que favorecían la vida, y solo «muy tarde» apareció como problema. Preguntar por la verdad es preguntar qué vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, a su juicio, una vida débil, que no soporta el devenir y se venga de él imaginando algo mejor.
La confrontación alcanza también al alma. Para Platón, conocer es recordar lo que el alma inmortal contempló; la razón nos emparenta con lo divino. Nietzsche invierte el argumento: venimos de un mundo «mucho más bajo», del cuerpo y sus impulsos; el alma separable es la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente al ascenso platónico hacia el Bien, su propuesta es la fidelidad a la tierra: decir sí al devenir entero, incluso a lo terrible. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.