7 · El guardián y el Bien
—Ni en lo más mínimo.
—Pienso, en todo caso, que, si se desconoce en qué sentido las cosas justas y bellas del Estado son buenas, no sirve de mucho tener un guardián que ignore esto en ellas; y presiento que nadie conocerá adecuadamente las cosas justas y bellas antes de conocer en qué sentido son buenas.
—Presientes bien.
—Pues entonces nuestro Estado estará perfectamente organizado, si el guardián que lo vigila es alguien que posee el conocimiento de estas cosas.
—Forzosamente. Pero tú, Sócrates, ¿qué dices que es el bien?
Nos encontramos ante un texto de la República, obra en la que Platón reflexiona sobre la justicia y expone los fundamentos de su ontología y su epistemología.
La idea principal es que el gobernante debe conocer el Bien. El Bien es «lo que toda alma persigue y por lo cual hace todo», aunque sin «poder captar suficientemente qué es». Por eso no puede quedar «en tinieblas» para los guardianes: «nadie conocerá adecuadamente las cosas justas y bellas antes de conocer en qué sentido son buenas».
El problema filosófico de fondo es la relación entre saber y poder. ¿Qué legitima a alguien para gobernar? ¿Puede la política basarse en la opinión? ¿O exige un conocimiento del fin último que oriente las leyes y las instituciones?
El texto empieza con una definición del Bien desde el deseo. Todos lo buscamos: es aquello «que toda alma persigue y por lo cual hace todo». Pero lo buscamos a ciegas, «adivinando que existe» y «sin poder captar suficientemente qué es». No tenemos de él ni «una sólida creencia». Y esa ignorancia nos «hace perder» lo que las demás cosas tienen «de ventajoso». La ética de Platón es intelectualista: sin conocer el fin, la acción fracasa.
Después el argumento pasa a la política. Algo «de esta índole y magnitud» no puede «permanecer en tinieblas» para «los mejores en el Estado». El razonamiento es claro. Las cosas justas y bellas son valiosas porque son buenas. Luego, «si se desconoce en qué sentido las cosas justas y bellas del Estado son buenas, no sirve de mucho tener un guardián que ignore esto». Quien no conoce el Bien gobierna a ciegas. Se guía por rutina o por opinión.
La conclusión une saber y orden político: «nuestro Estado estará perfectamente organizado, si el guardián que lo vigila es alguien que posee el conocimiento de estas cosas». Aquí se justifica la educación del libro VII, con las matemáticas y la dialéctica. Y también la tesis más famosa de la obra: los males de las ciudades no cesarán hasta que gobiernen los filósofos.
El fragmento acaba con la pregunta de Adimanto: «¿qué dices que es el bien?». Sócrates tendrá que responder. Lo hará de forma indirecta, con el símil del sol. Este texto es el puente entre la exigencia política y la explicación metafísica.
Cuando Platón exige que el gobernante conozca el Bien, está coronando todo su sistema. El texto nos ha mostrado que el Bien es fundamento del valor, de la verdad y hasta del ser: sin conocerlo, ningún saber vale, y quien gobierne deberá conocerlo. Esa tesis no es una ocurrencia aislada: es la cúspide del mundo de las Ideas.
Pero la cúspide solo se entiende viendo el edificio entero. Hay dos mundos: el sensible, copia imperfecta, y el inteligible, el de las Ideas. Dos formas de conocimiento: opinión y ciencia. Dos realidades en el hombre: cuerpo y alma. Y una conclusión política: debe gobernar quien conozca el Bien. Veamos ese sistema en conjunto.
La filosofía de Platón nace como respuesta al relativismo de los sofistas y a la condena de Sócrates: busca un saber firme sobre el que fundar la vida y la política.
Su núcleo es la teoría de las Ideas. La realidad se divide en dos mundos. El sensible es el que percibimos: material, cambiante, imperfecto; pura copia. El inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas, eternas e inmutables, como lo Bello en sí o la Justicia en sí. Las cosas son lo que son por participar de las Ideas. Y en la cúspide está la Idea del Bien, que da ser y verdad a todo, como el sol da luz y vida.
A los dos mundos corresponden dos saberes. De lo sensible solo hay opinión (doxa). De lo inteligible hay ciencia (episteme): el pensamiento discursivo de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Además, conocer es recordar: el alma contempló las Ideas antes de nacer, y aprender es reminiscencia.
La antropología es dualista. El hombre es un alma inmortal unida a un cuerpo mortal que la ata a lo sensible. El alma tiene tres partes: racional, irascible y concupiscible. Su orden es la virtud —sabiduría, valor, templanza— y de ese orden nace la justicia.
La política reproduce el esquema. La ciudad justa tiene tres clases: gobernantes, guardianes y productores; cada una debe hacer lo suyo. Y debe gobernar quien conoce el Bien: el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.
El problema planteado en el texto desemboca en una concepción de la verdad. Para Platón, la verdad es el encuentro entre la razón y la realidad: la razón, apartándose de los sentidos, alcanza lo que verdaderamente es, las Ideas eternas e inmutables. La verdad es, por eso, una, universal e invariable. Esta concepción no es solo suya: define a toda la filosofía griega clásica. Frente a ella, en el siglo XIX surge una corriente que rompe ese esquema: el vitalismo. Para el vitalismo no hay una realidad eterna que la razón pueda encontrar: la realidad es vida, cambio, devenir. Y la razón no es un espejo de lo real, sino un instrumento al servicio de la vida. La verdad deja de ser encuentro y pasa a ser creación vital. El representante más radical de esta corriente es Nietzsche.
Nietzsche niega los dos términos del encuentro platónico. Primero, la realidad: no existe el mundo de las Ideas; «el mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso». Lo real es el devenir que muestran los sentidos, no lo eterno que promete la razón. Segundo, la razón: lejos de encontrar la realidad, la falsifica. Los sentidos «no mienten de ninguna manera»; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos: sustancia, identidad, ser. Las Ideas platónicas no son descubrimientos, sino «momias conceptuales».
Por eso la verdad, para Nietzsche, no es encuentro sino ficción útil: nació como un conjunto de errores que favorecían la vida, y solo «muy tarde» apareció como problema. Preguntar por la verdad es preguntar qué vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, a su juicio, una vida débil, que no soporta el devenir y se venga de él imaginando algo mejor.
La confrontación alcanza también al alma. Para Platón, conocer es recordar lo que el alma inmortal contempló; la razón nos emparenta con lo divino. Nietzsche invierte el argumento: venimos de un mundo «mucho más bajo», del cuerpo y sus impulsos; el alma separable es la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente al ascenso platónico hacia el Bien, su propuesta es la fidelidad a la tierra: decir sí al devenir entero, incluso a lo terrible. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.